Ana Betancourt

Patriota cubana y defensora de los derechos de la mujer
por Frank de Varona

Ana Betancourt nació en la ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe, actualmente Camagüey, el 2 de febrero de 1832 en una familia rica y de gran abolengo. Al pasar de los años se convirtió en una joven preciosa de ojos negros. Su familia le dio la educación de la época para mujeres y así aprendió tejidos, bordados, cocina y otras actividades del hogar.

Ana Betancourt conoció al joven Ignacio Mora de la Pera, quien como ella provenía de una distinguida familia camagüeyana. Contrajo matrimonio con Ignacio a los 22 años el 17 de agosto de 1854 en la iglesia de la Soledad. Ignacio quiso que su esposa estudiara y Ana aprendió inglés y francés, leyó muchos libros de literatura, convirtiéndose así en una mujer muy culta.

Ana Betancourt convirtió su casa de Camagüey en un centro de conspiración para lograr la independencia de su patria. Redactó proclamas, arengó a los hombres y cooperó a la causa de independencia de tal forma que Augusto Arango la nombró Agente del Comité Revolucionario de Puerto Príncipe.

El Dr. Emeterio Santovenia (1889-1968) en su libro Huellas de gloria (1928) escribió lo siguiente sobre Ana: “Lanzado los camagüeyanos a la guerra se puso en manifiesto la entereza de Ana Betancourt. Tuvo noticias del general español Balmaseda que quería obtener el sometimiento de los insurrectos…Envió una carta magnífica a su esposo…Les advirtió como debían responder a los emisarios de Balmaseda porque caminando el mundo hacia la democracia, no podía tener sino la forma americana comprensiva de la libertad política, moral, religiosa y económica”.

Su esposo, Ignacio Agramonte y otros patriotas camagüeyanos respondieron al Grito de Yara de Carlos Manuel de Céspedes y partieron a luchar por la libertad de Cuba en noviembre de 1868. Ana al despedirse de su esposo le dijo: “Por ti y por mi, lucha por la libertad”. El 4 de diciembre de 1868 Ana partió para la manigua a unirse con su esposo y los otros patriotas insurrectos. Les ayudó a escribir y corregir las proclamas revolucionarias que se publicaban en el periódico El mambí.

En abril de 1869 se celebró en Guaímaro la primera Asamblea Constituyente de la República de Cuba con la asistencia de patriotas de Oriente, Camagüey y Las Villas. Al terminar las sesiones, Ana pidió hablar y dijo lo siguiente: “Ciudadanos: la mujer cubana en el rincón obscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esa hora sublime en que una revolución justa rompe su yugo y le desata las alas…Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna, peleando hasta morir si es necesario. La esclavitud del color no existe ya, habéis emancipado al siervo. Cuando llegue el momento de libertad a la mujer, el cubano que ha echado abajo la esclavitud de la cuna y le esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar”.

El Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, la felicitó efusivamente. Ana Betancourt se convirtió en ese día, adelántandose a su tiempo, en la defensora de los derechos de la igualdad de la mujer. Los historiadores cubanos consideran a Ana Betancourt la primer líder femenina de Cuba. Los patriotas se vieron obligados a quemar Guaímaro para no rendirlo a las fuerzas superiores del ejército español.

La lucha continuó y Ana siguió compartiendo los rigores de la vida insurrecta con su esposo y los otros patriotas. En julio de 1871 en La Rosalía, en el Chorrillo, Najasa, los españoles los sorprendieron. Ana ayudó a escapar a su esposo pero a ella se la llevaron presa a un campamento cerca de Santa Cruz del Sur. Desde ese día Ana quedó separada para siempre de su adorado Ignacio Mora. Debido a la dura vida en el campo y en la interperie, se enfermó de reuma. A Ana la amenazaron de ser fusilada sino le escribía a su esposo para que se entregara, pero ella se negó hacerlo. Sufrió todo tipo de abusos e insultos.

Meses después los españoles deportaron a Ana en octubre de 1871 y partió a bordo del barco City of Merida hacia Nueva York. Más adelante viajó a Jamaica en 1872 donde trabajó de maestra enseñando a niñas cubanas. Partió después a El Salvador a dirigir una escuela. Allí recibió una carta de su esposo que le decía: “Bien, mi Anita, principias a recoger el fruto de tu bella inteligencia”. Debido a los temblores de tierra y terremotos de El Salvador Ana regresó a Jamaica. En noviembre de 1875 recibió la triste noticia del fusilamiento de su adorado esposo por los españoles.

Ana regresó a Cuba por un tiempo, pero una hermana le pidió que se mudara con ella en Madrid. En el seno del imperio español continuó su conspiración por la libertad de Cuba. Recogió dinero para ayudar a la lucha y reportó la salida de las tropas españolas. Estableció contactos con su sobrino, el patriota Gonzalo de Quesada. En Madrid, consiguió el Diario de Campaña de su esposo el cual lo copia por completo con gran dolor. Cuando estaba haciendo planes para regresar a Cuba, se enferma y muere en Madrid el 7 de febrero de 1901.

El gobierno opresor comunista de Cuba trajo sus restos de Madrid y con el tiempo construyó en 1982 un mausoleo de doce metros de altura localizado en el centro de la ciudad de Guaímaro donde ella abogó por los derechos de las mujeres.

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