Carlos Finlay

por Frank de Varona

Carlos Juan Finlay de Barrés nació en Camagüey, Cuba, el 3 de diciembre de 1833. Cien años después de su nacimiento se escogió el día del cumpleaños del descubridor de la cura de la fiebre amarilla para honrar a los  médicos en las Américas. Finlay estudió en Francia de joven y más tarde se graduó en el Colegio de Medicina de Jefferson en Filadelfia, Estados Unidos, en 1855. Regresó a Cuba después de su graduación y revalidó su título en la Universidad de La Habana. Practicó medicina en varios lugares en Cuba. En 1860 y 1861 hizo estudios adicionales en París.

Dr. Finlay se interesó muy pronto en encontrar la cura a la fiebre amarilla viendo cuantos miles de personas se enfermaban y se morían de esta terrible enfermedad en los trópicos. Después  de llevar a cabo cientos de experimentos durante muchos años, Finlay concluyó que el transmisor de la fiebre amarilla era un mosquito que él llamó Culex (después conocido como Stegomya Fasciata y ahora como Aëdes Aegypti.)

La teoría de Dr. Finlay de la transmisión de la fiebre amarilla a través de un mosquito fue rechazada una y otra vez durante años por congresos mundiales de salud y miles de personas continuaron muriendo de esta enfermedad. Dr. Finlay asistió a la Conferencia Internacional de Sanidad en Washington, D.C. en febrero de 1881 y presentó su teoría la cual fue rechazada. En abril de 1888 una comisión estadounidense llegó a Cuba para investigar la fiebre amarilla y Finlay una vez más presentó su teoría que fue otra vez ignorada.

Durante el primer gobierno interventor estadounidense en Cuba otra comisión sobre la fiebre amarilla fue nombrada por el gobierno de los Estados Unidos e incluyó a los doctores Walter Reed, James Carroll, Arístides Agramonte y Jesse Lazear. Dr. Walter Reed, quien era el presidente de esta comisión, como otros médicos anteriores, no le prestó atención a la teoría de Finlay y se preparó para irse de Cuba. Sin embargo un evento hizo que tuviera que aplazar el viaje de regreso. El 31 de julio de 1900 Dr. Finlay estaba visitando a un joven médico naval. Dr. John Ross, quien había sido nombrado director del hospital Las Animas. Una vez más Dr. Finlay le dijo a su amigo Dr. Ross que para terminar con la fiebre amarilla todo lo que había que hacer era separar a los enfermos del mosquito Stegomya. Dr. Ross le preguntó, “¿Cómo usted se puede explicar que en este hospital nadie se ha contagiado trabajando con tantos pacientes que tienen fiebre amarilla y con tantos mosquitos?” Finlay le respondió: “Fumigue este edificio y mañana le probaré a usted que el mosquito Stegomya Fasciata no está presente en este lugar.” Al día siguiente después de fumigar concentraron cientos de miles de mosquitos muertos en el piso y en los muebles. Sin embargo ninguno de ellos era el mosquito que Finlay decía que era el transmisor de la fiebre amarilla.

El Dr. Ross convencido de que Finlay estaba correcto fue a ver al General Leonardo Wood, gobernador de Cuba, a explicarle lo sucedido en su hospital. El General Wood tenía una cita ese mismo día con Dr. Walter Reed. El general le pidió al Dr. Reed que examinara le teoría del Dr. Finlay y éste le contestó: “General, esa idea no tiene fundamento científico. Además, ya hemos gastado todos los fondos.” El General Wood ordenó que se transfirieran $10,000 de otra cuenta y le ordenó a Dr. Walter Reed que trabajara con Dr. Finlay.

Al Dr. Finlay se le pidió su colaboración y éste le dijo a uno de sus amigos:

Al fin confirmarán la teoría del mosquito. ¡Cuánto la ciencia se beneficiará! He esperado 19 años por este momento, pero al fin vamos a derrotar el dolor y la muerte causada por la terrible fiebre amarilla y el progreso no se detectará ante este implacable enemigo.

Dos médicos, Dr. Carroll y Dr. Lazear, se dejaron picar por el mosquito Stegomya y ambos se enfermaron. Dr. Lazear murió a los diez días. Al fin se escuchó a Dr. Finlay, aunque en ninguno de los reportes oficiales de la comisión estadounidense se incluyó su nombre. Dr. Reed se cogió la fama de ser el destructor de esta terrible enfermedad y en muchos libros aparece su nombre como tal.

El gobierno interventor de Estados Unidos ordenó la destrucción de este mosquito a través de Cuba y se erradicó esta terrible plaga. Dr. W.C. Gorgas hizo igual en Panamá lo cual permitió la construcción del canal interoceánico.

En Cuba Dr. Finlay fue honrado por la Academia Cubana de Ciencias y por el General Leonardo Wood. El gobierno de Cuba lo nombró Jefe de Sanidad y Presidente de la Junta Superior de la misma. Dr. Finlay murió en La Habana, Cuba, el 20 de agosto de 1915 reconocido por todos los cubanos como un gran científico. Después de su  muerte fue reconocido por varios congresos internacionales de medicina como el verdadero descubridor de la transmisión de la fiebre amarilla a través del mosquito.

Existen numerosos monumentos por todo el mundo en memoria de este insigne científico camagüeyano y en París hay una calle que lleva su nombre. Hoy en día los médicos cubanos honran la memoria de este gran científico cubano que a pesar de que sus teorías fueron rechazadas e ignoradas durante años nunca cesó de insistir que él tenía la cura de esta horrible enfermedad. Gracias a él la humanidad se libró de una terrible plaga.

Ana Betancourt

Patriota cubana y defensora de los derechos de la mujer
por Frank de Varona

Ana Betancourt nació en la ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe, actualmente Camagüey, el 2 de febrero de 1832 en una familia rica y de gran abolengo. Al pasar de los años se convirtió en una joven preciosa de ojos negros. Su familia le dio la educación de la época para mujeres y así aprendió tejidos, bordados, cocina y otras actividades del hogar.

Ana Betancourt conoció al joven Ignacio Mora de la Pera, quien como ella provenía de una distinguida familia camagüeyana. Contrajo matrimonio con Ignacio a los 22 años el 17 de agosto de 1854 en la iglesia de la Soledad. Ignacio quiso que su esposa estudiara y Ana aprendió inglés y francés, leyó muchos libros de literatura, convirtiéndose así en una mujer muy culta.

Ana Betancourt convirtió su casa de Camagüey en un centro de conspiración para lograr la independencia de su patria. Redactó proclamas, arengó a los hombres y cooperó a la causa de independencia de tal forma que Augusto Arango la nombró Agente del Comité Revolucionario de Puerto Príncipe.

El Dr. Emeterio Santovenia (1889-1968) en su libro Huellas de gloria (1928) escribió lo siguiente sobre Ana: “Lanzado los camagüeyanos a la guerra se puso en manifiesto la entereza de Ana Betancourt. Tuvo noticias del general español Balmaseda que quería obtener el sometimiento de los insurrectos…Envió una carta magnífica a su esposo…Les advirtió como debían responder a los emisarios de Balmaseda porque caminando el mundo hacia la democracia, no podía tener sino la forma americana comprensiva de la libertad política, moral, religiosa y económica”.

Su esposo, Ignacio Agramonte y otros patriotas camagüeyanos respondieron al Grito de Yara de Carlos Manuel de Céspedes y partieron a luchar por la libertad de Cuba en noviembre de 1868. Ana al despedirse de su esposo le dijo: “Por ti y por mi, lucha por la libertad”. El 4 de diciembre de 1868 Ana partió para la manigua a unirse con su esposo y los otros patriotas insurrectos. Les ayudó a escribir y corregir las proclamas revolucionarias que se publicaban en el periódico El mambí.

En abril de 1869 se celebró en Guaímaro la primera Asamblea Constituyente de la República de Cuba con la asistencia de patriotas de Oriente, Camagüey y Las Villas. Al terminar las sesiones, Ana pidió hablar y dijo lo siguiente: “Ciudadanos: la mujer cubana en el rincón obscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esa hora sublime en que una revolución justa rompe su yugo y le desata las alas…Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna, peleando hasta morir si es necesario. La esclavitud del color no existe ya, habéis emancipado al siervo. Cuando llegue el momento de libertad a la mujer, el cubano que ha echado abajo la esclavitud de la cuna y le esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar”.

El Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, la felicitó efusivamente. Ana Betancourt se convirtió en ese día, adelántandose a su tiempo, en la defensora de los derechos de la igualdad de la mujer. Los historiadores cubanos consideran a Ana Betancourt la primer líder femenina de Cuba. Los patriotas se vieron obligados a quemar Guaímaro para no rendirlo a las fuerzas superiores del ejército español.

La lucha continuó y Ana siguió compartiendo los rigores de la vida insurrecta con su esposo y los otros patriotas. En julio de 1871 en La Rosalía, en el Chorrillo, Najasa, los españoles los sorprendieron. Ana ayudó a escapar a su esposo pero a ella se la llevaron presa a un campamento cerca de Santa Cruz del Sur. Desde ese día Ana quedó separada para siempre de su adorado Ignacio Mora. Debido a la dura vida en el campo y en la interperie, se enfermó de reuma. A Ana la amenazaron de ser fusilada sino le escribía a su esposo para que se entregara, pero ella se negó hacerlo. Sufrió todo tipo de abusos e insultos.

Meses después los españoles deportaron a Ana en octubre de 1871 y partió a bordo del barco City of Merida hacia Nueva York. Más adelante viajó a Jamaica en 1872 donde trabajó de maestra enseñando a niñas cubanas. Partió después a El Salvador a dirigir una escuela. Allí recibió una carta de su esposo que le decía: “Bien, mi Anita, principias a recoger el fruto de tu bella inteligencia”. Debido a los temblores de tierra y terremotos de El Salvador Ana regresó a Jamaica. En noviembre de 1875 recibió la triste noticia del fusilamiento de su adorado esposo por los españoles.

Ana regresó a Cuba por un tiempo, pero una hermana le pidió que se mudara con ella en Madrid. En el seno del imperio español continuó su conspiración por la libertad de Cuba. Recogió dinero para ayudar a la lucha y reportó la salida de las tropas españolas. Estableció contactos con su sobrino, el patriota Gonzalo de Quesada. En Madrid, consiguió el Diario de Campaña de su esposo el cual lo copia por completo con gran dolor. Cuando estaba haciendo planes para regresar a Cuba, se enferma y muere en Madrid el 7 de febrero de 1901.

El gobierno opresor comunista de Cuba trajo sus restos de Madrid y con el tiempo construyó en 1982 un mausoleo de doce metros de altura localizado en el centro de la ciudad de Guaímaro donde ella abogó por los derechos de las mujeres.